La Cámara de Diputados de Salta supo tener otras épocas, más parecidas a una Legislatura.
Durante años, las manifestaciones fueron el momento donde se discutía de política, se denunciaban atropellos, se exponían conflictos. A veces había escándalos, otras veces papelones, pero al menos la sociedad sabía qué pensaban sus representantes.
Eso quedó viejo. Con Esteban «Tuty» Amat en la presidencia, fueron enviadas al final del orden del día, quedaron practicamente escondidas para que nadie se quede escuchando.
Esa caja de resonancia que alguna vez fue ahora parece una sala de espera donde lo importante es no alterar la tranquilidad del Gobierno. Así quedó de manifiesto en la última sesión cuando Durand Cornejo encendió la mecha al denunciar una supuesta trama de corrupción vinculada a la empresa del voto electrónico. «Tengo la presunción… que hay una cuestión que podría constituir corrupción», lanzó.
Luego aseguró que recibió presiones. «Esta empresa me ha enviado una carta documento amenazante», afirmó. La reacción de la conducción de la Cámara fue inmediata. Más preocupado por el procedimiento que por la denuncia, el «Tuty» advirtió: «Léa y, si no, ya le corto el micrófono».
Cuando el legislador fue más allá y sostuvo que «tengo la presunción clara… de que está instigando el gobernador de la provincia», el oficialismo activó su herramienta favorita: el reglamento.
Allí apareció Socorro Villamayor, quien descartó el planteo con un «el diputado está confundido» y le recordó que no había formulado correctamente ninguna de las mociones previstas. «¿Cuál es la que propone concretamente como moción para que este cuerpo pueda votar?», preguntó.
Amat ha perfeccionado una especialidad muy particular. No se le conocen iniciativas trascendentes impulsadas desde su presidencia pero lo suyo pasa por vigilar que nadie hable en contra del gobierno.
Cuando alguien osa menncionar al oficialismo, aparece inmediatamente una fascinación reglamentaria difícil de explicar. Artículos, incisos, llamados al orden, advertencias, correcciones.
Lo curioso es que semejante celo reglamentario suele activarse cuando las críticas apuntan hacia arriba. Porque para levantar la mano y aprobar proyectos, el mecanismo funciona con una fluidez admirable. Ahí no hay interrupciones. No hay confusiones reglamentarias. No aparecen dudas sobre el procedimiento legislativo.
Los salteños esperan respuestas pero la principal eficiencia institucional parece estar puesta en administrar silencios.
Tal vez por eso muchos diputados ya ni se molestan. Saben que las manifestaciones fueron convertidas en un apéndice decorativo de la sesión. Algo parecido a los créditos al final de una película: técnicamente existen, pero casi nadie llega a verlos.


