Agustina Álvarez llegó al Concejo Deliberante con un perfil que parecía prometedor. Tenía formación, cierto manejo del lenguaje y durante un tiempo consiguió instalarse como una figura diferente.
Eso se fue cayendo. Hoy, en el bloque de La Libertad Avanza, cuesta encontrar en su actuación aquella expectativa inicial. Tiene la banca, el sueldo y la estructura política que alguna vez dijo necesitar y que el PRO no le facilitaba. Lo que no tiene es una agenda que explique demasiado bien para qué está ahí.
Cuando dejó el PRO dijo lo que verdaderamente le importaba: “era básicamente imposible seguir, porque no tengo ni la estructura ni la plata”.
Y ahí apareció una interesante revelación sobre la nueva política: resulta que para combatir a la casta también hace falta caja. Mucha épica libertaria, hasta que llega el momento de pagar las cuentas.
Por eso se mudó a La Libertad Avanza, una marca nacional con recursos y estructura. En el Concejo, además, circula la versión de que habría recibido una suma nada despreciable para incorporarse a las huestes libertarias.
El resto es bastante menos ideológico y bastante más conocido. El Concejo Deliberante capitalino insume, según los datos presupuestarios, unos $10.800 millones anuales en salarios. Tiene alrededor de 750 trabajadores, entre permanentes, políticos y transitorios. Los 21 concejales perciben en conjunto unos $79,7 millones mensuales, con haberes brutos individuales cercanos a los $3,8 millones.
Esos casi 4 palitos con los que se quedó dejó en evidencia que es igual que todos. Parece que terminó descubriendo algo que ya habían descubierto casi todos: el Estado puede ser un pésimo negocio para los contribuyentes, pero bastante bueno para quien consigue sentarse del lado correcto del mostrador.
Ya hizo plata, consiguió la banca y ahora tiene sueldo. Los vecinos, bien gracias.


