La nota titulada “El poder no necesita censurar a una prensa domesticada” no cayó nada bien, como era de esperar.
Una de las referentes del nuevo periodismo de baja intensidad —seguramente abocada con toda su energía a resolver su subsistencia— perdió la capacidad de discernir entre hacer periodismo y trabajar para que el poder se sienta cómodo y, ofuscada por el contenido lacrimógeno del articulo, admitió en un grupo de wasap del rubro: “es más que obvio que no le vamos a pegar a los que nos están dando de morfar, ¿qué quieren estos pelotudos que le vayamos a decir, que no nos digan cómo hacer periodismo?”.
Una especie de autopercibidos periodistas se expandió como una plaga y se los puede encontrar en televisión, streamings y radios. Son los periodistas “buena onda” con los funcionarios, que les tiran el centro y esperan que el ñato -que ocupa circunstancialmente un lugar con una gramo de poder- haga el gol, para que ellos, como focas aplaudidoras que son, festejen alguna idiotez que sueltan en sus programas.
Mientras tanto, los temas que realmente pueden incomodar al poder quedan esperando. Hay un público notable, aunque cada vez menor, que consume a un conductor radial que, al aire, actúa, grita y alevosamente construye un personaje rebelde que dura exactamente lo que dura el segmento del programa donde putea en terminos personales a algun apellido que el mismo poder le suelta para que degluta con sus vulgaridades.
Es que molestar a un funcionario puede dejar al periodista sin esa invitación que hasta ayer llegaba religiosamente. Ahí se ve quién es quién. Resulta natural para algunos admitir, como en el caso mencionado arriba, que tienen una sensación permanente de deuda con el poder, como si le debieran algo.
Como si cada migaja que le tiran, cada favor o cada pequeño beneficio tuviera que ser devuelto en cuotas de deferencia, preguntas que no se hacen, temas que no se tocan o lisa y llanamente el silencio.
Mientras tanto, hay funcionarios que deberían estar bajo una lupa mucho más intensa de la que reciben. Son contados con los dedos de una mano los que se animan a poner énfasis en el crecimiento patrimonial del gobierno: Sáenz, Demitrópulos, Villada, Camacho, Outes.
Pocos quieren mirar en detalle cómo se maneja el dinero del Concejo Deliberante en manos de Darío Madile, conocido como el Adorni del cuerpo deliberativo comunal.
Casi nadie quiere incomodar a los ue administran recursos de una provincia detonada, que tienen la capacidad de decidir quién trabaja, quién contrata, quién comunica y quién queda afuera.
Y después nos preguntamos por qué esto sigue como sigue. Algunos, por sus propios contenidos, parecen enloquecer, estar demasiado enajenados respecto de la realidad.
Del funcionario que pretende controlar a la prensa al periodista que aprende a controlarse solo. Asistimos a un salto más peligroso. Recientemente Ada Zunino apretó judicialmente a dos honrosas excepciones de lo que hablamos, sin embargo, pocos se solidarizaron.
Si vive pendiente de las migajas del poder, si mide cada pregunta según quién puede molestarse, si evita aquello que puede complicarle la vida, entonces hay algo que ya no puede transmitir: la verdad.


