En el hospital de Rivadavia Banda Sur denuncian que hace meses no tienen lavarropas y que las camas y la ropa de cama están en pésimas condiciones.
El sistema de salud de Salta no necesita demasiadas explicaciones cuando las imágenes hablan por sí solas: en el hospital de Rivadavia Banda Sur hace meses que falta un lavarropas y una trabajadora debe lavar a mano, todos los días, las sábanas y colchas de los pacientes. Mientras el ministro Federico Mangione ofrece diagnósticos sobre la crisis sanitaria, en el interior siguen esperando soluciones para necesidades elementales.
“Ya no doy más. Hace meses que en mi trabajo no tenemos lavadora. Lavo a mano sábanas y colchas pesadísimas, todos los días. Me duelen los puños, me duele la espalda, las manos hinchadas. Estoy agotada”, contó la trabajadora A Rivadavia Te Informa, exponiendo una situación que difícilmente necesite de una gran reforma estructural para empezar a solucionarse.
El reclamo, además, no se limita al lavarropas. Imágenes del interior del hospital muestran camas, colchones y ropa de cama con signos visibles de desgaste, una postal que contrasta con el discurso oficial sobre la necesidad de “optimizar recursos” y mejorar las condiciones del sistema sanitario provincial. La trabajadora, lejos de pedir privilegios, plantea algo bastante más elemental: “Uno quiere hacer bien su trabajo, pero así no se puede. Necesitamos una solución urgente, no es justo trabajar en estas condiciones”.
¿Qué hace el Ministerio de Salud frente a un problema tan concreto y sencillo de resolver? Porque una cosa es explicar durante horas las dificultades estructurales de la salud pública y otra bastante diferente es hacerse cargo de aquello que depende directamente de la gestión cotidiana. Conseguir un lavarropas para un hospital y garantizar camas y ropa de cama en condiciones no parece, precisamente, una misión imposible.
El contraste se vuelve todavía más evidente cuando se repasan los argumentos utilizados por el propio Gobierno para justificar el cobro de las prestaciones a extranjeros no residentes. En 2024, Mangione sostuvo que esos pacientes representaban entre el 5% y el 10% del presupuesto de Salud Pública y defendió la medida como una herramienta para cuidar los recursos destinados a los salteños.
La Provincia, de hecho, sigue exhibiendo esa decisión como uno de los grandes resultados de su política sanitaria. En agosto de este año informó que la medida permitió “optimizar insumos”, descomprimir guardias y financiar la compra de 34 ambulancias, mientras Mangione volvió a sostener que los salteños disponen ahora de más recursos para la atención.
El problema es que, si después de todo ese reordenamiento de recursos un hospital de Rivadavia Banda Sur lleva meses sin una máquina para lavar la ropa de cama, la pregunta ya no pasa solamente por cuánto dinero ingresó o cuánto se ahorró. También pasa por dónde termina ese supuesto fortalecimiento del sistema y por qué no llega a resolver necesidades tan básicas en los hospitales del interior.
Mangione suele ocupar un lugar central en el diagnóstico de los problemas sanitarios de Salta. Habla de recursos, de organización, de demanda, de médicos, de especialistas y de las dificultades que atraviesa el sistema. Incluso el Ministerio informa periódicamente sobre operativos, nuevos servicios y planes destinados a fortalecer la atención territorial. Pero cuando desde un hospital llegan reclamos por elementos básicos para trabajar y atender pacientes, el ministro queda frente a una cuestión mucho más sencilla: hay que resolverla.
Porque el federalismo que se declama desde los despachos de Grand Bourg también debería funcionar puertas adentro de la provincia. Rivadavia Banda Sur no puede aparecer en el mapa sanitario solamente cuando se anuncian operativos o se presentan estadísticas.
También debería aparecer cuando faltan elementos indispensables para que trabajadores y pacientes puedan atravesar una jornada hospitalaria en condiciones dignas.
Mientras tanto, la trabajadora sigue lavando a mano. Las sábanas siguen pesando. Las camas siguen mostrando el desgaste. Lo que queda claro es que, en el interior de la provincia, en los hospitales ni siquiera hay lavarropas.


