El peronismo local encontró una fórmula que le permite hablar de renovación sin correr el riesgo de renovarse: cambiar algo para que nada cambie. Se reemplazan autoridades, se mueven algunas sillas y se pregona que empieza una nueva etapa, pero la estructura permanece intacta, con los mismos vínculos, las mismas mañas y siempre vacio de contenido.
Sin embargo, cualquier salteño promedio con un mínimo de discernimiento se da cuenta que siempre son los apellidos de siempre, las relaciones de siempre y, sobre todo, esa vieja proximidad con los recursos estatales, que en Salta parece transmitirse con una eficacia bastante superior a cualquier doctrina partidaria.
Ahora la vicepresidenta del PJ es Soledad Troyano, presentada como parte de esa nueva camada que viene a reconstruir el justicialismo. El detalle es que no nació de un repollo: es hija de Silvia Troyano, exdiputada nacional del PJ, actualmente ocupa un cargo en la estructura de la vicegobernación, y desde siempre mamo la teta del estado.
Recientemente asumió la vicepresidencia del PJ bajo la conducción de Julio San Millán, uno de los dinosaurios más longevos del museo local, y habló de reconstruir el partido, sumar sectores y prepararlo para la discusión de 2027.
Toda esa sarasa para justificar que esa renovación se anuncia desde una estructura en la que siguen gravitando dirigentes y familias que conocen todas las maniobras para quedarse con una buena tajada de la plata que circula alrededor de la política.
Se trata de una plaga que invadió lo público hace raro, con una habilidad extraordinaria para permanecer a flote aunque cambien los gobiernos, los jefes, las alianzas y hasta las consignas.
Marcelo Herrera, esposo de Soledad Troyano, ocupa la Prosecretaría de Presidencia del Senado y forma parte de la estructura que acompaña al vicegobernador Marocco. No hay misterio en eso, porque todos lo saben, lo que resulta notablemente sugestivo es la acumulación de vínculos alrededor de una misma familia mientras, al mismo tiempo, se intenta vender la idea de que el justicialismo está entrando en una etapa de renovación.
Para recontra confirmar su vida de casta se conoció que hace dos años el hijo del mencionado matriomonio cobra como ñoqui en la muni de Tartagal. Ya sin fachada, a plena luz del día, ante la mirada complice de la mayoria de la prensa comprada, se opera de está manera, con total desfachatez.
No hace falta imaginar una conspiración familiar ni una mesa secreta donde alguien reparte cargos con una libreta en la mano. La realidad resulta mucho más vulgar: vivimos el momento más obsceno de la cultura del acomodo: una dirigencia acostumbrada a reproducirse, a recomendarse entre sí, a pasar de un organismo a otro y a convertir la permanencia en una virtud.


