El interventor de Aguas Blancas volvió a describir una frontera atravesada por el narcotráfico y el contrabando. Lo llamativo es que lleva años dentro del esquema político que gobierna la provincia desde 2019.
Adrián Zigarán volvió a hablar del norte y, como viene ocurriendo cada vez con mayor frecuencia, lo hizo para contar todo lo que funciona mal. La frontera está complicada, el narcotráfico encontró nuevas formas de moverse, el contrabando sigue a la orden del día y los controles, está claro, no alcanzan. El diagnóstico del interventor de Aguas Blancas es contundente. Lo que resulta bastante menos contundente es la parte en la que explica qué hizo el poder político del que forma parte para modificar esa realidad.
Porque Zigarán no es un dirigente opositor recorriendo el norte para denunciar al Gobierno. Es el interventor de Aguas Blancas, un funcionario designado por Gustavo Sáenz para hacerse cargo de una localidad ubicada precisamente en uno de los puntos más sensibles de la frontera salteña. Y, además, es un dirigente que sigue formando parte del oficialismo provincial. Por eso, cuando habla de una frontera que continúa acumulando problemas, hay una pregunta que inevitablemente aparece detrás de sus declaraciones: ¿de quién está hablando cuando dice que las cosas están mal?
En sus intervenciones públicas, Zigarán parece haber desarrollado una particular facilidad para interpretar la realidad. Habla de lo que ocurre en el norte, explica cómo se mueve el narcotráfico, advierte sobre los vuelos clandestinos y hasta proyecta lo que podría suceder si no se toman determinadas medidas. Su papel de analista de la frontera parece haberse consolidado tanto que por momentos cuesta recordar que no se trata de un especialista externo, sino de un funcionario que lleva tiempo ocupando un cargo ejecutivo en una localidad fronteriza.
Y allí aparece la contradicción política más interesante. Si la realidad del norte sigue siendo tan preocupante como la describe Zigarán, entonces el problema no comenzó ayer. Tampoco empezó con el último cambio de gobierno nacional ni puede explicarse solamente por las decisiones de Buenos Aires. Gustavo Sáenz gobierna Salta desde 2019 y Zigarán lleva años formando parte de su esquema. El diagnóstico que hoy se presenta como una revelación viene siendo, en realidad, una constante de la frontera salteña.
La cuestión tampoco pasa por atribuirle al interventor la responsabilidad exclusiva sobre problemas que exceden ampliamente las competencias de Aguas Blancas. Nadie puede seriamente sostener que un municipio puede resolver por sí solo el narcotráfico o el contrabando. Pero sí resulta legítimo preguntarse qué balance hace Zigarán de su propia gestión y qué cambios concretos puede mostrar después de todo este tiempo. Porque denunciar que el norte está mal es una cosa; gobernar en el norte y explicar qué se hizo para que deje de estar mal es otra bastante diferente.
Mientras tanto, Zigarán continúa moviéndose con comodidad entre la función pública, los medios y la discusión política nacional, incluso compartiendo iniciativas y espacios con dirigentes libertarios como la diputada Eliana Bruno. El dato adquiere una dimensión particular en una provincia donde el oficialismo de Sáenz viene buscando acercamientos con sectores de La Libertad Avanza, aunque eso no alcanza, por sí solo, para afirmar la existencia de un acuerdo político entre ellos.
Quizás por eso las declaraciones del interventor generan una sensación extraña. Cada vez que Zigarán explica lo mal que está el norte, también está describiendo el escenario en el que su propio espacio político lleva años gobernando.


