Alejandro Williams Becker tuvo la rara virtud de explicar un problema y, en la misma explicación, hacerlo bastante más grande. Cuando le preguntaron por la Escuela 7160 y por los más de 300 cargos que aparecen cobrando de esa institución que no cuenta con alumnos, el secretario de Gestión Educativa respondió con que existen alrededor de 60 instituciones en condiciones similares y que los cargos son reabsorbidos y redistribuidos según las necesidades del sistema.
Como su principal hombre terminó echándole combustible al fuego, a Fiore no le quedó otra que salir en la radio del consejero oficialista don Mario Peña, pero ya era tarde. A cara de perro negó todo, con el cinismo que necesita cualquier funcionario saencista que se precie de tal. Dijo que la llamada “escuela fantasma” no es tal cosa porque la 7160 existe formalmente, fue creada por la Provincia y simplemente no tiene matrícula.
Lo que Fiore no explicó, y ni siquiera se molestó en abordar, fue lo verdaderamente incómodo: detrás de esa supuesta “redistribución y reabsorción” hubo un festival de nombramientos regido, según surge de la denuncia, por la indecente cultura del acomodo.
Según la documentanción con la que cuenta la Fiscalía de Delitos Económicos, hay designaciones realizadas entre febrero y marzo de este año. Si el procedimiento fue el que describe el Ministerio, no debería resultar demasiado difícil explicar cada caso: quién fue designado, cuándo, para qué función y dónde terminó trabajando.
El problema es que en esas nóminas aparecen nombres que llaman la atención. Entre ellos figura Pablo Marcial, puntero saencista, exfuncionario municipal – eyectado de su cargo por corrupción en los barrios-y hombre vinculado durante años al oscuro- con vinculos con el mundo narco y jugosos negocios con el Estado- Pablo Outes.

Antonio Benítez, quien tendría además una función administrativa como liquidador dentro del Ministerio de Educación, también aparece junto a familiares de amigos e incluso socios en otros negocios del marido de la ministra exPRS, olmedista, urtubeicista. Además: familiares de Karina Wayar, de López y personas relacionadas con dirigentes políticos y sindicales.
No alcanza con decir que la escuela no tiene estudiantes pero los cargos fueron trasladados a otros establecimientos. Todo eso puede ser cierto y, sin embargo, dejar intacta la pregunta que desde luego no van a responder: ¿por qué esos nombres y bajo qué criterio educativo?
El «lord» Becker abrió el problema cuando intentó naturalizarlo como un procedimiento habitual, el cual compromete a su vez a segunda y terceras líneas que hacen todo tipo de dibujos para designar a los suyos. Fiore salió después a acomodar la explicación y terminó confirmando, sin querer, que el asunto está al menos desprolijo.
Ni Cánepa, con todo el desorden de su gestión, llegó a exhibir tamaño papelón, porque «para tener tantas designaciones no hay que ser desprolijo», dijo una fuente del Grand Bourg, que si algo tiene es poca moral en sangre. Si la cartera de Fiore ya venía sostenida con alambres, este episodio dejó al descubierto que mientras ella habla con tono sereno y se hace la distraída frente al incendio, hay un Becker que hace el trabajo sucio.
La mosquita muerta terminó mostrando que debajo de la alfombra había bastante más que polvo.


