Hay algo admirable en ciertos dirigentes salteños: la capacidad de pasar años viviendo de la política sin dejar una sola idea, una discusión importante o siquiera una frase inteligente. Guillermo Kripper y Víctor “Vitin” Lamberto ya entraron en esa categoría selecta. Están, cobran muy bien, circulan por canales de televisión. Y nada más.
Lo de Vitin ya directamente es un género aparte. En cualquier provincia seria sería un meme de WhatsApp. Acá es concejal.
El hombre tiene una habilidad extraordinaria: puede pasar horas delante de una cámara sin decir absolutamente nada. Y eso requiere entrenamiento. Porque una cosa es ser limitado. Otra es convertir la limitación en perfil político.
En Canal 11 aparece todas las mañanas tirando comentarios pavotes, intentando ese humor de tío pesado en Navidad que nadie pidió. No hace reír. No genera ternura. No tiene timing. No tiene gracia.
Y sin embargo ahí sigue. Mientras tanto Salta tiene barrios detonados, colectivos que funcionan como hornos con ruedas y vecinos a los que ya les cuesta hasta pagar el alquiler. Pero Vitin baila mal en televisión. Porque evidentemente en el saencismo alguien decidió que eso también era gestión.
Lo más increíble es que ni siquiera se lo recuerda por algo político. Su momento más famoso fue quemarse la lengua con agua caliente en vivo. Ese es el legado público de un concejal de la ciudad. No una ordenanza importante. No una pelea por los vecinos. Agua caliente.
Kripper tampoco ayuda mucho a levantar la vara. Aterrizó en el Concejo Deliberante como aterrizan siempre los muchachos del poder: acomodados. Tiene ese perfil típico del que habla mucho para evitar que alguien note que no está diciendo nada.
El problema es que no están ahí gratis. Los sostienen los salteños. Y en el caso de Lamberto, encima arrastra aquel escándalo de la pauta oficial durante la pandemia, cuando apareció el tema de un supuesto programa radial inexistente que igual cobraba publicidad estatal. Plata pública para un programa fantasma. Una metáfora hermosa del modelo político salteño: pagar por algo que nadie escucha, nadie ve y no sirve para nada.
Lo peor no es que sean mediocres. En política hay mediocres en todos lados. Lo irritante es la impunidad con la que algunos convierten esa mediocridad en carrera. Van saltando de cargo en cargo, siempre cerca del poder, siempre sonriendo en la foto, siempre obedientes.
Ni siquiera sirven para el papel de bufones. Porque hasta para hacer reír hay que tener talento.


