Hay algo que hace años viene pudriendo por dentro la provincia. La gente siente que cuando una causa toca lugares sensibles, la Justicia es lenta y selectiva.
Expedientes mal cerrados, pruebas que aparecen tarde, líneas investigativas que jamás se profundizan, largos silencios. Una montaña de causas se mantienen impunes.
El caso de Lautaro Ramasco volvió a poner todo eso arriba de la mesa. La sospecha de que hay pruebas que se esconden o elementos que alguien decidió no tocar fue advertida por los familiares quienes frecuentan los pocos medios que se atreven a tocar el tema.
La sensación es siempre la misma: cuando el caso no incomoda a nadie, el aparato judicial actúa rápido, brutal, eficiente. Pero cuando aparecen vínculos de poder, nombres pesados o relaciones incómodas, todo se vuelve espeso. Nadie encuentra nada. Nadie sabe nada. Nadie responde nada. Y ahí empiezan los fantasmas.
Pasó con Luján Peñalva y Yanina Nüesch. Durante años quisieron cerrar la historia con una explicación que nunca terminó de cerrar.
Lo mismo ocurrió con las turistas francesas. Un caso que todavía hoy sigue oliendo a cosas mal hechas. Demasiadas contradicciones, demasiados movimientos extraños de la policía, demasiadas zonas oscuras para una causa que debería haber sido esclarecida de manera impecable. En cualquier provincia seria, un caso así hubiese obligado a revisar todo el sistema investigativo. Acá terminó envuelto en un escandalo que ayer llegó a su nivel superior con la toma de muestra a la pareja de Santos Clemente Vera.
El caso de Cordeyro también dejó esa sensación amarga. Hubo reconocimiento público, homenajes y discursos institucionales mientras alrededor seguían flotando preguntas que nunca terminaron de responderse del todo. Sus familiares, y en particular su hijo, se pusieron al hombro y tambien aseguran que no fue suicidio tal como se intento cerrar el deceso.
Vivimos en sospecha permanente y ese es el verdadero problema. No es solamente una causa. No es solamente Ramasco ni Luján Peñalva, las francesas o Cordeyro. Es algo mucho más profundo: la sensación de que en Salta hay sectores a los que nunca les pasa nada. Y una provincia que naturaliza eso empieza lentamente a romperse por dentro.
Por Susana Del Frari


