Resulta increíble el nivel de naturalidad con el que pasan estas cosas. En cualquier lugar un porteño que llegó hace menos de veinte años a la ciudad y siempre vivió de los recursos estatales, y aparece con mansión en San Lorenzo, pileta, cava, viajes por el mundo, por lo menos tendría que dar justificaciones de tamaño nivel de vida.
Acá no. En la ciudada Madile ya tiene pintadas. Cara de piedra, vive un club privado donde se reciclan cargos, contratos, parejas, asesores y obediencias políticas mientras la ciudad está detonada.
Pero Madile sigue ahí cómodo. Un dirigente que jamás explicó cómo pasó de empleaducho de las migajas del poder a vivir con estándar de empresario exitoso.
En el saencismo estado superior de putrefacción todo parece normal aunque sea completamente obsceno. Por el crecimiento exponencial del patrimonio de Madile nadie pregunta. Y cuando alguien pregunta, enseguida aparece la vieja respuesta salteña del cinismo básico para sobrevivir: mejor no meterse en eso.
Gustavo suele aludir al esfuerzo, a la administración austera mientras alrededor florece una generación de dirigentes que hicieron del Estado una financiera personal. Nada de lo que predica se nota en la vida de sus funcionarios.
En Salta ya ni siquiera se roba con culpa.
Por Susana Del Frari


