Después de varios días en Buenos Aires, donde recorrió estudios de televisión para conceder entrevistas financiadas con recursos de los salteños y utilizando el avión oficial de la Provincia —el mismo que debería estar disponible para emergencias sanitarias o traslados urgentes — Gustavo Sáenz reapareció.
Pero no para hablar sobre los abusos en hogares del Estado. No para referirse al caso Thiago. No para explicar la muerte por mala praxis en el hospital de General Güemes. No para dar una respuesta a las familias desalojadas en Cachi. Reapareció para festejar un triunfo de la Selección.
Y claro que había que festejar. Como millones de argentinos, el gobernador también tiene derecho a emocionarse por un Mundial pero el problema es que desaparece cuando se lo necesita y aparece cuando no.
Para las tragedias, que lamentablemente cada día son más en este valle, nunca está. Las redes oficiales funcionan como un catálogo de buenas noticias. Si se inaugura una plaza, aparece. Si se entregan colchones, aparece. Pero cuando el Estado queda bajo sospecha por denuncias gravísimas de abuso contra menores bajo su tutela, cuando un niño muere en circunstancias que conmocionan, cuando familias enteras denuncian atropellos o desalojos, el mandatario desaparece como si esos problemas ocurrieran en otra provincia.
La comunicación oficial administra las emociones con precisión quirúrgica: mostrar lo agradable, esconder lo incómodo. Gobernar, en cambio, exige exactamente lo contrario: dar la cara cuando más duele.
Mientras tanto, la provincia sigue financiando una maquinaria de propaganda. Los viajes a Buenos Aires para entrevistas amistosas, las producciones para redes sociales, las fotografías cuidadosamente preparadas y los discursos repetidos sobre que «primero están los salteños». Una frase que ya a esta altura irrita.
Porque si realmente los salteños fueran primero, el avión oficial serviría antes para resolver urgencias que para una gira mediática. Si realmente los salteños fueran primero, la prioridad sería explicar qué pasó con los menores institucionalizados, qué falló en el sistema de protección y quién se hará responsable.
Todo indica que está en modo campaña ya, y los subsidios que anunció son solo una prueba de ello; de ser así ya dejó atrás otra de sus promesas. Juro y prometió que no buscaría un tercer mandato. Lo repitió incluso en una entrevista con el lonjevo operador mediatico Mario Peña. Hoy ese compromiso quedó archivado junto a tantas otras palabras que el poder convierte en descartables cuando dejan de ser convenientes.
No sorprende. En política las promesas suelen tener fecha de vencimiento. Lo preocupante es que la memoria de los salteños al parecer se va perdiendo con los años.


