Habla de Salta, del futuro y del Estado, pero en el Congreso acompaña medidas que van en sentido contrario. La coherencia aparece como la primera víctima del diputado saencista.
El diputado salteño Pablo Outes ensaya un discurso que suena familiar: arraigo, desarrollo local, oportunidades para los salteños. Una narrativa que remite a las banderas clásicas del peronismo. Sin embargo, cuando se apagan los micrófonos y se enciende el tablero de votación en el Congreso, la historia cambia. Y cambia mucho.
“Los salteños tenemos que pensar en los salteños”, repite. La frase busca instalar una idea de defensa territorial, casi identitaria. Pero en la práctica, Outes acompaña sin fisuras políticas impulsadas por el gobierno de Javier Milei que van en sentido inverso. La contradicción no es sutil: mientras predica prioridad local, vota herramientas que habilitan condiciones desfavorables para el empleo y la producción provincial.
El caso de la minería es paradigmático. “Tenemos que pensar en el futuro, en cómo vamos a hacer con esta minería que se desarrolle”, sostiene el diputado. Pero al mismo tiempo respalda esquemas como el RIGI, que abren la puerta para que grandes empresas extranjeras operen con amplias ventajas y, entre otras cosas, puedan contratar mano de obra externa. El resultado es una ecuación conocida: recursos locales, beneficios globales, y los salteños mirando desde afuera.
La incoherencia se profundiza cuando Outes habla de formación y juventud. “Tenemos que empezar a formar a los jóvenes, que muchísimos no se están formando”, advierte. Sin embargo, su acompañamiento legislativo fortalece a un gobierno que recorta, ajusta y desfinancia áreas clave como la educación pública y el sistema científico. Es decir, diagnostica un problema mientras contribuye a agravarlo.
Hay más. “El desarrollo no viene de arriba, el Estado lo tiene que hacer”, afirma. Una definición que, en cualquier otro contexto, sería una declaración de principios. Pero pierde peso cuando quien la pronuncia levanta la mano para sostener un modelo que descree del Estado y avanza en su desmantelamiento. No es solo una contradicción discursiva: es una tensión política difícil de disimular.
Outes intenta pararse en dos veredas al mismo tiempo: la del dirigente que habla en clave provincial y la del legislador alineado con un proyecto nacional que va en otra dirección. El problema es que, a la hora de decidir, no hay punto medio posible. Y ahí, lejos de Salta y más cerca de la Casa Rosada, las prioridades parecen quedar bastante claras.


