El concejal Rodrigo Quinteros contó en sus redes que habría visto a Daniel Murillo entrando nada menos que a Finca Las Costas, la residencia oficial del gobernador.
“Los 5 palos que te pone el gobierno también pueden contribuir a muchas causas nobles”, escribió y agregó: “casualmente, un fin de semana que estaba de paseo por la capilla de Finca Las Costas… ¿a quién veo entrar a la residencia oficial? A vos, en auto cambiado, pensando que nadie te identifica. Caradura”.
La insinuación quedó flotando: si Murillo estaba ahí, no era precisamente de turismo. La historia, claro, no arrancó ahora. Viene picada desde el año pasado, cuando Murillo denunció que Quinteros le envió un paquete con un kilo de harina y un consolador.
La respuesta no tardó en llegar: el entonces concejal electo apareció en la radio pidiendo un “derecho a réplica” ante la acusación del conductor.
Hubo gritos, insultos —“pelado cagón, asqueroso…”— y despues Quinteros anunció que lo denunciaría por “instigación a la violencia”.
Ahora suma este nuevo episodio, donde más que pruebas hay insinuaciones y más que certezas, sospechas condimentadas. Pero el mensaje es claro: Murillo es empleado del gobierno.


