Mientras el escándalo por la escuela fantasma 7160 sigue sumando nombres y crece como bola de nieve, la ministra Cristina Fiore se fue a Salvador Mazza con Gustavo Sáenz a inaugurar obras. Apareció sonriente, como si no pasara nada.
La foto podría haber pasado desapercibida sino fuera por el contexto en el que se publica. Escaló demasiado el caso que golpea a la cartera educativa y que dejó en evidencia una larga lista de personas con vínculos familiares, políticos y sindicales, adentro de la estructura de poder que maneja Fiore-Hanne.
Por qué esos cargos terminaron en manos de esas personas resulta obvio. Ahí está el agujero. Pueden explicar durante una hora que los cargos se reutilizan. Becker puede contar que existen otras escuelas cuyos cargos fueron absorbidos. Pueden explicar que desde 2014 cerraron establecimientos y que esos puestos quedaron disponibles para cubrir necesidades en otros lugares. Pero ninguna de esas explicaciones responde quién decidió que determinados nombres fueran designados.
El expediente que tramita en la fiscalia de Delitos Complejos tiene documentación de sobra que pone de malhumor a varios, aunque Fiore como buena cinica salga sonriente. Eso denota que no hay ninguna señal que indique el Gobierno cambie el rumbo. Al contrario: se nos rien en la cara, mientras manejan a su antojo la plata de todos.


