Al presidente de Diputados se lo ve cada vez más nervioso y más autoritario. Desde que asumió, los espacios para el debate se fueron achicando y la mayoría oficialista parece alcanzar para cerrar filas cada vez que una discusión amenaza con incomodar.
La Cámara de Diputados debería ser el lugar donde las diferencias políticas se expresan con mayor libertad. No porque todos tengan que pensar igual, sino precisamente porque una democracia saludable necesita que las posiciones puedan confrontarse, incluso cuando resultan incómodas. En Salta, sin embargo, ese principio parece haber perdido terreno desde que Esteban “Tuti” Amat quedó al frente del cuerpo.
Uno de los cambios más significativos fue el desplazamiento de las “Manifestaciones” hacia el final de las sesiones. Durante años, ese segmento funcionó como una instancia de expresión política de los diputados, donde podían plantear denuncias, críticas y posiciones que no necesariamente formaban parte del temario formal. Allí quedaron registrados debates que hoy, con otra composición de la Cámara, parecen difíciles de imaginar. El problema no es solamente el horario: es que llevar el debate al momento en que el recinto comienza a vaciarse equivale, en los hechos, a quitarle relevancia.
La dinámica siempre es la misma. Cuando llega ese tramo de la sesión, buena parte de los legisladores ya está pensando en retirarse y el oficialismo suele ser el primero en perder presencia. El resultado es previsible: menos diputados, menos discusión y menor exposición de aquello que pueda generar algún costo político. La Cámara sigue funcionando, pero cada vez se parece menos a un ámbito de debate y cada vez más a un lugar donde las decisiones llegan con el resultado prácticamente escrito.
La última sesión llevó esa lógica a un terreno todavía más delicado. El diputado de La Libertad Avanza Franco Lastra intentó plantear que la Cámara adoptara medidas disciplinarias contra Gerardo Orellana, imputado en la Justicia Federal por una causa relacionada con la presunta venta de certificados de discapacidad falsos, y contra Héctor “Rulo” Vargas, cuestionado por presuntas irregularidades durante su gestión como intendente de San Carlos.
Lastra no llegó a desarrollar siquiera todo su planteo. Amat intervino y dio por terminada su exposición. Después vino la votación y el oficialismo, que cuenta con una mayoría aplastante, terminó respaldando a sus propios legisladores. El mecanismo fue institucional, formalmente impecable. Pero justamente ahí aparece la pregunta política que resulta imposible esquivar: ¿para qué sirve una mayoría parlamentaria si no es también para garantizar que las cuestiones incómodas puedan discutirse?
Lo que queda en evidencia es una concepción del poder que parece cada vez más extendida dentro del saencismo: la democracia como procedimiento, pero no necesariamente como deliberación. Se vota, se cumple el reglamento, se contabilizan las manos levantadas y se sigue adelante. Mientras tanto, el debate que podría incomodar queda relegado a los últimos minutos de una sesión o directamente desaparece antes de terminar de formularse.
Pero lo sucedido en esta última excede cualquier límite. Porque no solo volvió a ser el mismo autoritario de todos los martes, si no que se convirtió en cómplice de la presunta corrupción de dos dirigentes. Pero como son oficialistas, Amat decidió que acá, no pasa nada. Pero el problema es que el “Tuti” no solo afecta al cuerpo, lesiona todavía más la frágil democracia que el saencismo nos deja.


