Una vez más, las calles de Salta volvieron a llenarse de peregrinos, de hombres y mujeres que caminaron durante horas, cargando cansancio, promesas, dolores y una fe que no necesita demasiadas explicaciones.
La multitud avanzó apretada, como ocurre todos los años, mientras alrededor de esa enorme manifestación popular se desplegaba otra escena, bastante menos sacrificada y mucho más cómoda, protagonizada por las autoridades que, protegidas por vallas y custodia.
La postal que se repite año tras a año resultó particularmente elocuente porque, sin necesidad de que nadie pronunciara una sola palabra, parecía explicar bastante bien la relación que existe entre el poder y la gente.
De un lado estaban quienes caminaban, soportando el cansancio y la incomodidad propia de la peregrinación, y del otro estaban quienes habían llegado para «acompañar» al pueblo, aunque procurando que el pueblo no se acercara demasiado.
En ese contexto, Gustavo Sáenz volvió a ofrecer una de esas imágenes que, con el paso de los años, parecen haberse incorporado definitivamente a su particular cinismo.
Con la prudente distancia que permite estar junto a la gente sin tener que mezclarse demasiado con ella, se mostró junto a su esposa, Elena Cornejo, cuya presencia también generó comentarios ya que apareció poniendo los pies sobre el lugar donde se deben apoyar las rodillas. Podría decirse que se trata de un detalle menor, y probablemente lo sería si estuviéramos hablando de una persona cualquiera, pero hablamos de la primera dama, que no hace otra cosa que ir a actos de gobierno y a la procesión; pese a eso ni protocolo se le puede pedir.

También llamó la atención la presencia del inefable, Ricardo Villada, que estuvo al lado del mandatario como custodio, y que no tendría que haber estado puesto que no cumple ningúnpapel específico

Y mientras todo eso ocurría, las cámaras seguían haciendo su trabajo y captaron a la ministra de Educación Cristina Fiore, doblandose de la risa junto a Eugenia de(be guita) Vita mientras monseñor Cargnello pronunciaba su homilía.

Naturalmente, nadie pretende que una ministra permanezca durante toda la ceremonia con la expresión de quien acaba de descubrir una tragedia nacional. Sonreír no es delito y conversar tampoco. Pero hacerlo en ese momento es sin duda una falta de respeto. que todos.
Y allí apareció Julieta Valencia, cuya presencia recordó a varios que debería estar en penitencia por no haber devuelto los prestamos que le dió Urtubey con plata de todos los salteños; pero ahí estaba como si nada.
Darío Madile también estuvo presente, acompañado por su novia (nombrada de ñoqui en el concejo), la cual despues de una travesia por los lugares más exoticos del mundo se acordó de Salta. Y con su presencia volvieron a circular las preguntas relacionadas con la mansión que construyó en San Lorenzo con dinero del municipio.
A todos ellos, al parecer, la penitencia nunca les llega. Les llegan otras cosas: los recursos públicos, los privilegios del poder, los cargos, las comodidades y ese curioso blindaje que permite mirar la pobreza desde una distancia convenientemente segura.
Mientras miles de personas caminan para pedir, agradecer o cumplir una promesa, quienes administran los recursos de todos parecen haber encontrado una forma bastante particular de practicar la fe: se golpean el pecho delante de las imágenes, pero cuando llega el momento de mirar a los pobres a los ojos, la compasión parece quedarse del otro lado de la valla.


