Hay algo bastante desagradable en ver a un senador provincial ninguneando a un gobernador y hay algo igualmente desagradable en ver al gobernador reaccionar como si necesitara el aval de una ministra porteña, que poco y nada le importa el norte.
La escena entre Roque Cornejo, Gustavo Sáenz y Sandra Pettovello tuvo un poco de todo, aunque sobró algo bastante básico: sentido de las formas.
Cornejo estaba presentando a los libertarios salteños ante la ministra. “Gracias por todo lo que hace con nosotros”, le dijo a Pettovello, mientras enumeraba a ignotos Franco Lastra, Victoria Cayo y Claudio Cansino. En eso apareció Sáenz.
“¿Qué tal? Buen día, yo soy el gobernador”, dijo con la sutileza de un codazo. Luego siguió caminando, ofuscado y soltó: “Maleducados”, “guarangos”.
Pettovello, que había quedado en el medio de una disputa que evidentemente no tenía demasiado que ver con ella, decidió intervenir: “Trátenmelo bien al gobernador. Si maltratan al gobernador, se la van a tener que ver conmigo”.
Inmediatamente todos los chupamedias del saencismo salieron a mostrar el desaire por lo cual no le quedó otra que aparecer a la pendenciera Emilia Orozco quien dijo que el gobernador tuvo que “mendigar apoyo a los funcionarios nacionales” y sostuvo que “tienen que venir las gestiones nacionales para que usted pueda mostrar que está haciendo algo en territorio”.
El Gobierno nacional recortó transferencias y programas que antes llegaban a las provincias, entre ellos el FONID y distintas herramientas de asistencia territorial. Las provincias tuvieron que afrontar parte de esas obligaciones con recursos propios. Pese a eso, botita quiere estar del lado de los libertarios, quienes llevan adelante el ajuste más grande de la historia de la humanidad.
En tanto, Orozco tiene el tupe de decir que gracias a gestiones nacionales Sáenz tiene algo para mostrar, lo cual es para nada cierto, ya que si por algo se caracteriza el gobierno actual salteño es por tener una provincia detonada.
Una cosa es exigir respeto institucional y otra bastante distinta es comportarse como si un hecho minimo fuera una afrenta capaz de arruinarle la mañana.
El gobernador ya había saludado a Pettovello. Incluso habia cantado. Sin embargo, la escena terminó con Sáenz ofendido, Cornejo supuestamente forreandolo, diciendo que no lo habia visto y Pettovello ordenando que trataran bien al gobernador.
Como si todos hubieran jugado para botita, mientras los libertarios salteños intentaban demostrar que el gobernador no significa demasiado en el universo mileista, el gobernador terminó apareciendo pegado a la ministra nacional.
De protocolo, poco. De política, nada. Y de elegancia, todavía menos. Todos bastante ocupados en demostrar quién se arrodilla mejor, mientras los salteños siguen esperando saber para qué sirve tanta reverencia si, al final, nadie parece estar de pie para defenderlos.


