El dirigente busca presentarse como uno de los armadores del peronismo salteño, aunque su propia experiencia al frente del PJ terminó con una nueva intervención.
Mientras Juan Manuel Urtubey continúa cada vez más instalado en su vida personal en Buenos Aires, Pablo Kosiner intenta ocupar en Salta el lugar de dirigente capaz de ordenar al peronismo y reunir a un espacio que lleva años acumulando derrotas, internas y fragmentaciones. El problema es que el supuesto armador no consigue siquiera consolidarse como un dirigente de peso propio dentro de ese mismo universo que pretende reorganizar.
La pretensión resulta todavía más difícil de sostener cuando se mira su recorrido reciente al frente del Partido Justicialista. Kosiner llegó a conducir el partido con el respaldo de Cristina Fernández de Kirchner, en un momento en el que la conducción nacional del peronismo buscaba recuperar el control de una estructura que en Salta había quedado atravesada por disputas internas con el saencismo, más amigable a los libertarios que al partido nacional. Sin embargo, aquella experiencia duró apenas unos meses antes de que el PJ volviera a quedar intervenido. El hombre que ahora pretende ordenar el tablero no pudo sostener ordenada ni siquiera la estructura partidaria que tenía formalmente a su cargo.
Desde entonces, Kosiner parece haber encontrado en la opinión política un lugar bastante más cómodo que en la conducción partidaria. Convertido en una suerte de comentarista permanente de la realidad nacional y provincial, busca instalar un discurso sobre quienes padecen las consecuencias del modelo de Javier Milei y repite que el espacio que pretende construir debe representar a quienes “la están pasando mal”. El diagnóstico puede resultar sencillo de compartir, pero la pregunta aparece inmediatamente después: ¿cómo se construye una alternativa con dirigentes que no consiguen despertar entusiasmo ni siquiera entre quienes deberían formar parte de esa reconstrucción?
“Queremos representar a los que la están pasando mal”, insiste Kosiner. La frase choca con una dificultad bastante más concreta: no logra representar a un peronismo salteño que aparece cada vez más disperso, con dirigentes que buscan caminos propios, sectores enfrentados y estructuras que ya no funcionan como antes. La distancia entre el discurso y la capacidad real de construcción empieza a ser demasiado evidente.
En ese escenario, el tándem Kosiner-Urtubey tampoco parece encontrar la fórmula para recuperar centralidad. Ambos tienen una historia demasiado conocida en la política salteña y, sobre todo, una responsabilidad evidente en buena parte del recorrido que llevó al peronismo provincial hasta su actual estado de dispersión. Pretender volver a presentarse como la renovación de aquello que alguna vez condujeron tiene, cuanto menos, un problema de credibilidad. Para una parte importante del electorado, no son una alternativa desconocida frente al presente: son dirigentes asociados a un pasado que ya tuvo su oportunidad.
Mientras tanto, el espacio insiste en una construcción que todavía no logra reunir volumen político suficiente y que parece depender más de las declaraciones de sus protagonistas que de una estructura capaz de sostenerlas. Kosiner habla de ordenar, reunir y representar, pero el peronismo salteño continúa sin encontrar un punto de encuentro y su propio paso por la conducción del PJ terminó con el partido nuevamente intervenido.


