Camila Morales ejecutó el mágico ritual de pasar, sin estación previa, de la izquierda a un partido del régimen mediante un cargo de Directora de Innovación Social Juvenil de la Agencia de la Juventud de Salta.
Un pase sin escalas, sin demasiadas explicaciones; la vieja izquierda quedó atrás y apareció, oportunamente, el maravilloso mundo de los cargos y la platita fresca.
El tan acariciado ascenso también tuvo su pequeño milagro: pasar de cuestionar al poder a arrimarse a la gente que maneja la lapicera, esa fauna que lleva tanto tiempo viviendo del Estado que ya consiguió convertir la cercanía con el poder en una credencial de vulgar prestigio y la obsecuencia en una herramienta.
Es el mediopelismo al desnudo. Sin apellido, ni olor a oligarquía, ni esas pretensiones de al menos ser una profesional decente, aunque eso requiere varias generaciones de aburrimiento y sacrificio.
El sistema tiene sus reglas y Morales parece haberlas aprendido muy rápido. Antes decía “recambio” en el PJ; ahora está con el dinosaurio de Julio San Millán y toda la runfla de viejos gagas que dominan el partido ubicado en calle Zuviria.
Una evolución digna de estudio: de cuestionar a los viejos a sentarse con ellos, sin siquiera pedirles que se corran un poquito. La juventud venía a renovar la política y terminó descubriendo que la renovación también puede consistir en conseguir una oficina.
La rebeldía, que antes era una virtud, se volvió bastante innecesaria una vez que apareció el cargo. Después de todo, cuestionar al poder es agotador; acompañarlo, en cambio, puede venir con designación oficial.


