El gobernador aprueba la macroeconomía de nuestro país, pero desaprobó “la micro”. Enorme incongruencia al elogiar la causa de lo que cuestiona.
Esta semana, el gobernador fue entrevistado en La Nación + por la periodista ultra mileísta Cristina Pérez. El mandatario intentó caer simpático y “sensato”. Sin embargo, por esa postura tibia frente al gobierno nacional, expuso su falta de preparación en materia económica.
En la entrevista, Sáenz empezó a hacer agua cuando empezaron a hablar sobre la difícil situación económica que atraviesa la enorme mayoría de los argentinos.
“Me preocupa gente que la está pasando mal. Hablo con el ministro de Economía y el otro día le decía que esa macroeconomía, que está bien, que tiene buenos valores y que muestra que la Argentina crece, no llega al bolsillo de la gente”, dijo el gobernador salteño.
Y agregó: “Nos preocupa mucho, porque en el norte ha caído la recaudación y el consumo. Eso quiere decir que no hay plata en los bolsillos”.
Estas declaraciones mostraron una incongruencia considerable. Porque Sáenz se suma (escuchó por ahí) a muchos economistas aliados del Gobierno elogiar la macro. Pero aquellos, como Sáenz, que aprueban “la macro” y desaprueban “la micro” (la q tiene que ver con la calidad de vida de la gente), elogian lo q es causa de lo que critican.
No se trata de un detalle menor ni de una frase desafortunada. Es, en realidad, una forma bastante cómoda de opinar sobre economía sin hacerse cargo de sus implicancias. Porque la “macro” no es un tablero abstracto que funciona en paralelo a la vida real: es, justamente, el conjunto de decisiones que termina moldeando esa “micro” que Sáenz dice que le preocupa.
Cuando se celebra el ajuste fiscal, la caída del gasto público y el “ordenamiento” de las cuentas, también se está celebrando el enfriamiento del consumo, la retracción de la actividad y la pérdida de ingresos en amplios sectores, sobre todo de quienes menos tienen. No son efectos colaterales: son parte del mismo paquete.
Ahí es donde el discurso del gobernador empieza a hacer ruido. Porque intenta pararse en un lugar intermedio que, en los hechos, no existe. Aplaudir los números que exhibe el Gobierno nacional y, al mismo tiempo, lamentar sus consecuencias, es una forma elegante de acompañar sin hacerse cargo. Es reírse de los salteños que todavía confían en sus “buenas intenciones”.


