Cande Correa en sus redes posó de indignada por una crítica que nunca existió. Todo comenzó con una nota de nuestro medio que repasaba su trayectoria política, sus cargos, sus apariciones públicas y su intención de volver a ocupar un lugar en la escena provincial.
Nada extraordinario. Lo que cualquier dirigente que pretende regresar al ruedo debería estar dispuesto a discutir. Sin embargo, la exconcejal decidió responder como si hubiera sido víctima de una campaña medieval contra su condición de mujer, un viejo pero tan vil truco.
«Es evidente que cuando se quedan sin argumentos políticos reales, recurren a lo de siempre: criticar la vestimenta de una mujer. Lo que verdaderamente les molesta y les asusta no es la ropa, sino la firme decisión de volver para terminar con los privilegios de unos pocos», escribió en sus redes.
La nota hablaba de política. De cargos, de antecedentes, de trayectoria, de las puertas que se fueron abriendo a lo largo de los años y de una carrera que difícilmente pueda explicarse como la epopeya de una outsider enfrentando al poder. Pero por alguna razón, Cande leyó que no habia argumentos y metió una discusión sobre ropa que nadie había planteado.

Si algo llamó la atención de su respuesta no fue la referencia a la vestimenta, sino la promesa de terminar con los privilegios. Y ahí sí que merece detenerse un momento porque ella es parte de un regimen que llevo la polarización social al extremo y los prvilegios para ñoquis hasta la estratofera.
Tal vez haya sido involuntario el hecho de meterse con un aspecto que es muy facíl refutar; de hecho ¿cómo hizo una profesora de zumba para vivir en un country de San Lorenzo y movilizarse en una camioneta doble cabina sino es acercandose al poder? ¿qué puede decir, que como Jesica Cirio trabajo desde los 18 años?
Si hay algo que no puede decirse de Cande Correa es que haya pasado los últimos años peleando contra el poder. Más bien ocurrió lo contrario. Su recorrido estuvo siempre ligado a las estructuras políticas que hoy gobiernan la provincia.
Por eso cuesta entender el disfraz repentino de contra los privilegios que ella misma usufructura. Sobre todo cuando el sistema en cuestión fue el que le abrió las puertas, le dio visibilidad y le permitió llegar a nada más y nada menos que al concejo capitalino.
Mientras tanto, la realidad sigue siendo bastante más dura que cualquier publicación de Instagram. Salta exhibe una de las brechas sociales más profundas de los últimos años. Hay trabajadores con salarios que pierden todos los meses contra la inflación, jóvenes que no encuentran empleo, hospitales con problemas estructurales y escuelas que sobreviven como pueden.
Y como si todo eso no alcanzara, después de la indignación, se puso el poncho de Guemes, de quien solo conoce-seguramente-que le dicen el heroé gaucho, se fue a la fundación Hope para sacarse fotos: una secuencia tan conocida en la política de resulta patetica.
Nadie discute su apariencia, lo que se discute es, parafraseando a Carlos Pagni, su indigencia cognitiva para afrontar los desafios de la realidad salteña. La propia Cande Correa, tal vez conciente de sus evidentes limitaciones, ha contado públicamente que padece una condición que no le permite concentrarse, lo cual es un tema personal que merece respeto, pero que no nos haga pasar por tontos: nadie la agredió ni la desmereció por su ropa, más bien se le recordó su paso sin pena ni gloria por el concejo y su presente al lado de uno de los peores gobiernos de los últimos 30 años en Salta.
Por Susana Del Frari


