Y de vez en cuando aparece una fotografía tan generosa que le evita el trabajo de escribir una larga columna al periodista, porque en un solo cuadro logra condensar la realidad.
La escena ocurrió durante una actividad protocolar, por no decir insignificante. Allí estaba la pareja del gobernador Gustavo Sáenz, Elena Cornejo San Miguel, y la prima del mandatario e hija del diputado Esteban, Agustina Esteban Zamar, tambien funcionaria.
Al lado de las distinguidas mujeres de la casta salteña las acompañaba un empleado del Grand Bourg, ubicado estratégicamente entre el cielo y las funcionarias, convertido por obra y gracia de las costumbres del poder en una especie de escudo humano contra las inclemencias meteorológicas, como si una llovizna ocasional pudiera comprometer la salud de las doncellas acomodadas.
Desde luego, nadie se preguntó si resultaba razonable que un trabajador termine desempeñando una tarea que millones de personas resuelven diariamente mediante una compleja tecnología conocida como «sostener algo con la mano».
Tal vez exista una explicación científica que aún no conocemos. Tal vez algún especialista pueda advertirnos sobre los riesgos físicos asociados al levantamiento de paraguas en ámbitos gubernamentales. Quizás estemos frente a una afección particularmente selectiva que sólo afecta a quienes frecuentan despachos oficiales. De otro modo cuesta comprender por qué dos personas adultas necesitan asistencia logística para enfrentar un fenómeno tan imprevisible como la existencia del clima.
El poder, cuando permanece demasiado tiempo rodeado de comodidades, termina construyendo una realidad paralela donde los problemas verdaderamente importantes se vuelven abstractos, mientras las pequeñas incomodidades personales adquieren rango de asunto institucional.
Así, mientras miles de salteños cargan con preocupaciones bastante más pesadas que un paraguas —facturas, salarios, inseguridad, servicios deficientes, incertidumbre económica—, una parte de la dirigencia parece habitar un universo donde la principal amenaza sigue siendo una nube inoportuna atravesando el cielo.
La fotografía, por supuesto, dejó algo en claro: los privilegios de una casta que ha naturalizado hasta tal punto las deferencias y los pequeños actos de servidumbre que ya ni siquiera percibe el grotesco que producen cuando quedan expuestos.


