Julio San Millán convirtió en una disciplina olímpica el acomodarse y cambiar de opinión. Si existiera una medalla por aterrizar siempre del lado del poder, ya tendría varias colgadas.
Su última hazaña es digna de colección: acaba de convertirse en presidente del Partido Justicialista de Salta sin ganar una sola elección, ni una. No convenció a los afiliados, no recorrió el territorio, no enfrentó adversarios. Simplemente fue la única lista habilitada y con el aval del gobernador.
Más que una victoria fue un trámite administrativo. Un presidente proclamado porque no había con quién competir. Llamarlo «electo» es una gentileza del reglamento. En los hechos, llegó a la presidencia de un partido que luce tan despoblado que hasta un cadáver político como él era hasta hace poco, encontró la manera de quedarse con la llave del otrora partido.
Pero San Millán tiene un talento que pocos pueden discutir: no importa quién gobierne, qué se decía ayer, el siempre busca la maner de caer parado. Durante años cuestionó el voto electrónico. Advertía sobre sus riesgos, desconfiaba del sistema y levantaba la bandera de la transparencia. Hoy integra el gobierno de Gustavo Sáenz, que utiliza exactamente ese mecanismo electoral fuertemente cuestionado.
Con la reelección ocurrió algo parecido. Antes hablaba de la importancia de respetar el límite de dos mandatos. Hoy acompaña con absoluta naturalidad la posibilidad de un tercer mandato para el gobernador. Lo que antes era un principio innegociable terminó convertido en una opinión descartable. Las convicciones, al parecer, también tienen fecha de vencimiento en su precaria formación.
Mientras tanto, ocupa la Secretaría de Relaciones Internacionales de la Provincia, un cargo cuya presencia en la vida pública es tan discreta que muchos salteños probablemente tendrían dificultades para explicar qué hace exactamente esa oficina. Es una secretaría que pasa inadvertida y un funcionario que parece haber encontrado un sueldazo sin hacer nada.
La política salteña suele perdonar las contradicciones. Lo que cuesta más es encontrar una sola autocrítica. San Millán nunca la hizo. Se cree impune.
Su desembarco en el PJ tampoco habla de su fortaleza. Habla de la debilidad del partido. De un justicialismo tan vacío de liderazgos que terminó entregando su conducción sin elecciones y vendiendo como renovación el regreso de un dirigente que estaba archivado entre los dinosaurios del justicialismo.


