Frente a una conocida estación de servicio de la zona del Portezuelo, un vehículo oficial de la Municipalidad suele aparecer estacionado justo delante de un cartel de “Prohibido Estacionar”. No en una emergencia, no en medio de un operativo: simplemente ahí, como si la señal estuviera puesta para el resto.
La imagen llama la atención porque el encargado de hablar todos los días de orden, multas y respeto por las normas es justamente el secretario de Tránsito, Matías Assennato. El mismo funcionario que suele mostrarse en redes sociales anunciando controles y reclamando mayor responsabilidad vial.
El problema es que el discurso pierde fuerza cuando los propios vehículos oficiales parecen manejarse con reglas aparte.
Mientras a cualquier vecino le puede caer una multa por dejar el auto en un lugar indebido, los móviles municipales estacionan frente al cartel con absoluta naturalidad. Y eso termina generando algo peor que una infracción: la sensación de que las normas dependen de quién las incumple.
En Salta el tránsito hace años funciona entre el desorden y la improvisación, pero la autoridad tampoco ayuda demasiado cuando el ejemplo va por otro carril. Porque antes de pedirle conducta al ciudadano común, quizás habría que empezar mirando qué hacen puertas adentro.
Assennato insiste seguido con la idea de “respetar las reglas”. Tiene razón. Pero las reglas también deberían valer para los autos oficiales.


