Hay personas que miran hacia el futuro. Otras, con suerte, al presente. Y después está Alejandro Patrón Costas, que parece haberse equivocado de siglo.
Si uno se detiene en su pensamiento da la sensación de que en cualquier momento va a pedir que vuelvan el carruaje y el peón que, además de trabajar, agradezca la oportunidad.
No es culpa del apellido, claro. Aunque convengamos que llamarse Patrón Costas y terminar defendiendo una mirada donde siempre ganan la oligarquia y siempre pierden los mismos de siempre es una coincidencia estadísticamente probable.
Mientras el mundo discute cómo convivir con la inteligencia artificial, él parece preocupado por combatir otra amenaza: los derechos.
Porque cuando aparecen comunidades indígenas reclamando tierras, el reflejo es inmediato. No hay preguntas sobre la historia. No hay debate sobre los derechos constitucionales. Lo importante parece ser que nada altere esa vieja postal de una Salta prolijita, silenciosa y obediente.
Una Salta donde algunos nacen para escriturar y otros para pedir permiso. Es curioso. Quienes más hablan de libertad suelen ponerse bastante nerviosos cuando otros ejercen la suya para reclamar.
Y ahí aparece el verdadero problema de cierta dirigencia salteña: confunde tradición con un regimen para pocos. Porque una cosa es conservar la historia y otra muy distinta es querer vivir adentro de ella.
Mientras Neuquén habla de Vaca Muerta, Mendoza de tecnología, Córdoba de innovación y hasta Jujuy intenta discutir el litio, acá todavía hay quienes parecen convencidos de que el gran debate del siglo XXI consiste en explicar por qué las comunidades originarias deberían agradecer que las desalojen.
Hay algo casi romántico en esa resistencia al paso del tiempo. Es la nostalgia convertida en defensa de sus interes particulares.
La idea de que el progreso consiste en que todo siga exactamente igual… siempre que los de arriba sigan arriba y los de abajo no hagan demasiado ruido. Después se preguntan por qué los jóvenes no los acompañan.
Tal vez porque el futuro tiene una mala costumbre: llega igual. Y cuando llega, no pide permiso en la tranquera.
Ni consulta el árbol genealógico. Ni pregunta quién fue el patrón.


