Gustavo Sáenz fue a la TV porteña para decir que la gente está cansada, que los jubilados no llegan a comprar remedios, que hay familias que comen salteado y pymes que se funden después de años de remar. El problema es que lo dijo como si él fuera un comentarista político y no el gobernador de una provincia que lleva dos años colaborando con Milei.
La entrevista pautada con Eduardo Feinmann dejó a Sáenz describiendo un país roto, hablando de odio, desesperanza y agotamiento social, después de ser uno de los más obedientes del esquema nacional. Le votaron leyes, evitaron confrontar, mandaron legisladores disciplinados y sostuvieron un silencio quirúrgico mientras Nación ajustaba sobre provincias, jubilados y obra pública.
¿Y qué consiguió Salta a cambio? Nada. Lafamosa Ruta 9/34 resume el fracaso completo de esa estrategia. Primero fueron reuniones “positivas”. Después anuncios grandilocuentes. Más tarde promesas recicladas. Ahora el propio oficialismo deja trascender que podría hacerse con plata de los salteños. Es decir: después de tanta genuflexión política, la provincia terminaría pagando sola una obra nacional. Un papelón administrativo y político difícil de maquillar.
Mientras tanto, sigue desfilando por estudios porteños pagando blindaje mediático para parecer “el gobernador dialoguista”. Feinmann se convirtió casi en una oficina paralela de prensa del saencismo.
La contradicción ya ni siquiera entra en el terreno de la política. Entra en el terreno del cinismo. Porque el gobernador habla de desesperanza mientras en Salta la justicia acumula escándalos, los hospitales sobreviven parchados, los salarios públicos siguen perdiendo contra la inflación y el interior profundo continúa olvidado.
“Antes decían que se vayan todos, ahora dicen que se mueran todos”, reflexionó Sáenz. Tal vez debería preguntarse por qué la sociedad llegó a ese nivel de hartazgo. Porque cuando un gobierno provincial pasa años bajando la cabeza frente al poder central y el resultado sigue siendo ajuste, abandono y obras incumplidas, la bronca deja de apuntar solamente a Buenos Aires.
Y mientras la provincia se deteriora, el saencismo sigue funcionando como una máquina de marketing político: consultores caros, entrevistas armadas, funcionarios que hablan de empatía desde oficinas climatizadas y una estructura obsesionada con sostener relato cuando la realidad hace rato se volvió imposible de tapar.


