Si no le dan un cargo, se va. Esa parece ser la síntesis más sencilla de la conducta de Laura Cartuccia. Ahora al no encontrar un lugar en la nueva conducción del PJ descubrió que el partido de calle Zuviria ya no vale nada, que Julio San Millán no está a la altura de conducirlo.
Si hay alguien que debería manejar con cuidado la palabra “altura” es precisamente la blonda legisladora, una dirigente que pasó por distintos espacios y fue acomodando su recorrido con una plasticidad que haría envidiar a cualquier contorsionista.
Autodefinida como “la pata peronista del PRO”, una fórmula que todavía merece algún estudio antropológico, lo suyo nunca fue quedarse donde no corra plata. Es el mejor ejemplo del oportunismo y de la desfachatez política.
Parafraseando a Groucho Marx, podría decirse que se maneja por la siguiente maxima; estos son mis valores; si no me dan un cargo, tengo otros valores. Es decir tiene principios pero también tiene otros. No hace falta acusarla de nada, alcanza con mirar su zigzagueante recorrido.
Además de pegarle al PJ del dinosaurio San Millan, también, estuvo en los medios hablando (por supuesto bien) de su jefe: en una entrevista radial naturalizó la posibilidad de que Gustavo pueda ir por su tercer mandato, pese a que se cansó de decir que no lo iba a hacer.
Lo dijo, desde luego, para quedar bien con el que le paga el sueldo y para abonar el camino hacia su único objetivo: seguir cobrando del Estado.


